martes, 1 de diciembre de 2015

Judas, Amos Oz



En esta novela Amos Oz trata de cuestionar la figura del traidor, darle la vuelta al cromo plano sobre el que se han proyectado los escupitajos de odio de la comunidad bien pensante desde que el mundo, al menos el de nuestra civilización, es mundo -o casi-.

La historia, o leyenda, de Judas Iscariote se entrecruza aquí con la de Shaltiel Abravanel, personaje de ficción que representa la oposición a Ben Gurion, a la creación del estado de Israel y a la existencia de los estados en general. El sefardí, íntimo colaborador en sus inicios del líder sionista y Primer Ministro israelí, lucha sin descanso por la convivencia de los pueblos sin estados y sin fronteras. Su postura de conciliación y amistad con árabes, antes y después de la creación de Eretz Israel, lo catapulta al olvido y al silencio por parte de la comunidad sionista de Jerusalén y del país entero. Se refugia en su vieja casa de fríos muros de piedra con ese consuegro inválido y verboso que ha perdido la esperanza de vivir tras la salvaje muerte de su fuerte y joven hijo. Esta muerte parece materializar, de repente y para siempre, las negras profecías de Abravanel acerca de las consecuencias de los acontecimientos de 1948. Los dos ancianos enmudecen; solo Shmuel Ash, visitante circunstancial de la casa del silencio, tratará de sacar a Gershom Wald de su mutismo, y a su hija Atalia de su misteriosa y trágica insensibilidad.

Pero es Judas quien da título al libro. Judas el de Cariot, el más rico y más culto de entre los discípulos de Jesús, el que, desde el punto de vista de Oz, más fervientemente (o quizá el único que lo hizo) creyó en el carácter mesiánico de Jesús de Nazaret, y por ello lo arrastró a la muerte en Jerusalén, cuando la fe del nazareno en su propia misión ya flaqueaba por el miedo, el miedo simple, primario y humano. Judas esperó próximo a la cruz a que se produjera el milagro, y ante las palabras últimas y desesperadas del maestro, el grito de reproche al Padre por haberlo abandonado, comprendió el alcance de lo que había hecho. Judas se colgó de una higuera, dice la leyenda, y se convirtió, por los siglos de los siglos, en el traidor de la humanidad entera, y, por una inmediata asociación metonímica, en la representación universal y execrable del judío. ¿Hay alguien en el mundo entero que se llame Judas?


Oz, quien siendo niño en tiempos del Mandato sufrió el rechazo de sus compañeros por haberse hecho amigo de un oficial británico con quien intercambiaba palabras hebreas por palabras en inglés (Una pantera en el sótano, 1995), conoce el sabor del estigma de la traición, y concluye que quizá consideremos traidor a todo aquel que, guiado por su fe o su curiosidad, camina hacia adelante incluso cuando los demás ya no lo hacen; aquel que se atreve a adentrarse en lo desconocido por razones que nadie se molesta en comprender, porque la comunidad necesita señalar y estigmatizar al que no es como ellos.

Shaltiel Abravanel murió en el ostracismo, mudo desde años atrás; Judas se colgó de una higuera y pasó a encarnar los males del mundo; Amos Oz, como tantos otros profetas en su tierra, luchó hasta el día de su muerte por que la "traición" -en el sentido etimológico de "traditio", la entrega o transmisión, el paso de un ¿bando? (ahí la contaminación semántica del término, el paso de la "tradición" a la "traición"), o mejor de un pueblo a otro- sea la única salida a un conflicto que muchos quieren hacer irresoluble.

Traición, transgresión, traspaso, cambio, mezcla, fusión... una larga cadena asociativa de términos que nos lleven a la paz.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Manuel Chaves Nogales. La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia Roja.


            El viaje soñado, el momento añorado, la geografía de esa Europa que huye hacia Asia y se torna épica. Manuel Chaves Nogales es un periodista brillante, de pluma ágil, alma sensible, curiosidad ilimitada y limpio de prejuicios, al menos lo suficiente para que su crónica se nos revele un soplo de aire fresco que nos trae noticias, interesantísimas, de Europa en 1928, ese ring en el que se miden las fuerzas contrarias de Oriente y Occidente, el comunismo y el capitalismo, lo nuevo y lo viejo, el orden y el caos, la industria y el campo, la frivolidad y el hambre. Los reportajes que recopila esta edición fueron escritos tras su viaje por Europa en un pequeño avión por encargo del Heraldo de Madrid.

            Chaves Nogales atribuye a las ciudades y los territorios en los que se detiene (incluso a aquellos que solo vislumbra a vista de pájaro) un carácter propio y definido, en ocasiones casi antropomórfico. Les hace hablar, presentarse, no siguiendo un esquema fijo o previsible sino de forma abrupta, directa, llamando la atención del visitante, y a través de éste, del lector, sobre unos rasgos de carácter que no necesariamente responden al tópico con el que cargan estos lugares de forma inmemorial. A veces, lo confieso, la manera partidista y visceral en la que CN toma partido o desprecia una ciudad o un país desde el momento mismo en que lo menciona, me gana para su causa. Aparece la empatía. No puedo evitar el pensar que esa misma habría sido mi impresión del lugar en cuestión (puede ser que yo haya estado realmente en él o no, es irrelevante).Y entonces ya no puedo dejar de saborear el retrato entero. 


            La sociabilidad vacía de los suizos, su pulcritud, el sosiego resultante de sus “egoísmos municipales” y su neutralidad en las guerras mundiales –en definitiva, lo que define como “incapacidad espiritual” de este pueblo-, desagrada al viajero al igual que los lagos inmóviles y domésticos de su geografía.
 
            Berlín es inabarcable, inclasificable. De entrada le asalta a uno su dinamismo, la mecanización de la vida –desconocida para el español de entonces-, la modernidad de la ciudad en construcción; sin embargo, cuando se la va viviendo sorprende la diversidad de su conglomerado social, la inmoralidad de sus locales (esto de la inmoralidad visto desde un punto de vista específicamente latino, ya que las más diversas manifestaciones sexuales en Berlín, y en Alemania en general, no son incompatibles con una “castidad” innata e ingenua inimaginable en un celtíbero; “la interpretación de la moral es una cuestión de latitud”, nos dice Chaves), el prurito sensual que tras la guerra ha lanzado inconscientemente a los berlineses de la República de Weimar en pos de los placeres antaño burgueses democratizándolos, y ese antiimperialismo o antikaiserismo desenfadado, a veces histriónico, que anima las noches de los cafés y que, aunque parece contagiar a amplias capas de la sociedad berlinesa, es blandido en realidad por elementos no alemanes –judíos, eslavos, negros y demás piezas multicolores del gran puzzle austrohúngaro-.

            Checoslovaquia, la joven república de profesores, honrada y tolerante, patria de aventureros que no de emigrantes, digna en su nacionalismo necesario, modesta y culta. Su capital, Praga, ciudad vieja de tejados, callejuelas y relojes; ciudad vieja pero viva, joven y dinámica (para descartar la tentación de ver en ello una paradoja, alude Chaves a las ciudades españolas e italianas petrificadas en la Historia). La simpatía del escritor por esta discreta nación y sus gentes resulta contagiosa.
 
            La rendición ante Venecia, al final de su viaje, es incondicional. Vieja y manoseada, gastada, decrépita, enfermiza y herida de muerte, la ciudad arrebata de entrada, y cualquiera, por escéptico que se haya podido mostrar, sucumbe irremediablemente al encanto indestructible de lo que Chaves califica de “espectáculo inefable”, y que reside, más que en los canales y los palacios, en lo que denomina “el envés, la contrafigura”, los ámbitos olvidados y tristes cuajados de rumores antiguos que se multiplican tras ellos, el patio trasero e íntimo del esplendor veneciano.

            Y la gran aldea rusa. La inmensidad del campo ruso sembrado de millones de chozas miserables y salpicado aquí y allá por las cúpulas brillantes de las iglesias. La entrada de Chaves en Rusia desde el Báltico –donde el pintoresquismo de la Europa medieval pervive en sus ricos tejados y calles empedradas, que tanto sugieren el paso de un príncipe encantado como el de un amable lechero- es una especie de inmersión en la intemporalidad. La tierra, las isbas, sus habitantes y sus pequeñas iglesias parecen estar ahí desde siempre, como siempre. La idea de que la Revolución haya transformado la vida de ese inabarcable territorio es algo inconcebible; Lenin y Trotsky no pueden ser más ajenos al paisaje, gobernado por la miseria y la religión.

            El violento vuelco de la Historia, el arrasamiento ciclónico que ha supuesto la Revolución le espera al escritor en Moscú. La ciudad, representante del tradicionalismo milenario de este pueblo –recelosa de la modernidad occidentalizada de Petrogrado- muestra, más allá de sus murallas y sus monasterios, sus entrañas abiertas: el desmoronamiento, el desconchado, el hacinamiento, el hormigón que brota por doquier como una metástasis sin arte. Palacios y casas de sindicatos se confunden. En cuanto a la masa humana, se trata de un revoltijo abigarrado, multicolor, mal vestido, transplantado en diversos sentidos –social, económico, geográfico, profesional-. El antiguo burgués, convertido en proletario, pasea sus antiguas prendas de corte occidental raídas y combinadas con otras de origen exótico; muchos, avalados por la Nueva Política Económica, se atreven a lucir de nuevo los atavíos “contrarrevolucionarios” proscritos en los años del comunismo de guerra. Sin embargo nada hay más alejado de estas gentes que la frivolidad; se trata de una mezcla necesaria, esencial, la superfluidad ha sido barrida por el comunismo. La variopinta muchedumbre se mueve dirigida por una minoría uniformada que impulsa el cambio y pretende extender los nuevos ideales: industria, instrucción, deporte, higiene.
 

            El análisis que hace Chaves Nogales del comunismo soviético en los últimos años veinte resulta atractivamente fresco y veraz porque no se pierde en teorizaciones ni especulaciones, sino que se detiene en signos visibles al espectador perspicaz con una mente culturalmente bien abonada. Figuras como la del triste pope desposeído de su prestigio y entregado al vodka; el pequeño comerciante privado de consideración y derechos, vigilado y perseguido, que no obstante jamás renuncia a su instinto de lucro; el golfillo abandonado convertido en alimaña sin escrúpulos, huérfano de la contienda mundial, la revolución, la guerra civil o la hambruna; y las mujeres, las mujeres soviéticas, el verdadero fermento revolucionario. El escritor queda fascinado por la radical transformación del papel de la mujer en Rusia. Esta, desposeída de los seculares atributos de su sexo –la feminidad, las virtudes domésticas, el instinto maternal-, alcanzados los derechos civiles y la igualdad en el trabajo, se lanza con fervor al desempeño de su tarea revolucionaria y, orgullosa, desdeña, desde su penuria económica y su inmenso esfuerzo físico, a sus congéneres burguesas y sus decadentes afanes capitalistas. Pero Chaves no se engaña; este altivo orgullo es fruto de una fuerza ideológica, de una pasión política, extraña a millones de pobres infelices que o bien no han olvidado o incluso han desarrollado en plena era comunista la natural querencia por el bienestar material, antiguas creencias religiosas o modos de comportamiento propios de una sociedad patriarcal. Como la ciudad de Moscú, las mujeres son reflejo de la tensión de fuerzas con que la revolución ha sometido a Rusia.

            Rusia constituye el objetivo del viaje de Chaves y el capítulo central de su crónica. Muchos son los temas y tipos que desfilan por él: la omnipresencia de la GPU, la militarización de la sociedad, los sanatorios del Caúcaso, la sustitución de la aristocracia burguesa por la aristocracia de los técnicos, el exacerbado nacionalismo ruso, los obreros de los pozos petrolíferos de Bakú, la sovietización de las salvajes tribus caucásicas, la temible integridad de Trotsky, Kalinin y su popularidad, el inicio de la “limpieza” estalinista, la historia del catalán Ramón Casanellas... Todos fascinantes, porque están tratados, captados por un pensamiento libre y diferenciado. Un magnífico escritor periodista de oficio pasó por allí, se detuvo, observó, escuchó, tomó notas, las tejió con el valioso hilo de su castellano preciso y rico y ofreció a quien quiso apreciarlo –pocos, muy pocos durante décadas- un extraordinario reportaje dotado de lucidez y libertad de juicio. La mejor literatura hecha noticia, el talento al servicio de la información, y unos y otros, doctrinarios todos, despedazándolos y relegándolos al olvido. Menos mal que el sentido común prevalece, aunque soterrado, y aflora de vez en cuando.








domingo, 12 de mayo de 2013


Bajo una estrella cruel, Heda Margolius Kovály

Otra mujer. Otra de esas mujeres de coraje inverosímil que florecieron en el campo minado de la Europa del medio siglo XX. Heda Bloch, judía de Checoslovaquia, nacida en una familia acomodada de Praga, murió en 2010 en su ciudad natal, esa ciudad cuya belleza no te deja marchar, el magnético laberinto de Kafka.

En 1941 Heda fue deportada junto a su familia al gueto de Lodz, ciudad hasta entonces conocida por su floreciente industria textil –la Manchester del este; recuerden La tierra de la gran promesa, la gran novela sobre la codicia de Wladislaw Reymont - y después por albergar el último gueto de Polonia. Desde allí fue enviada a diversos campos de concentración nazis y en uno de los traslados, tras una penosa e interminable jornada de marcha caminando por el fango helado, Heda y otras muchachas procedentes del mismo campo y con destino incierto son “depositadas” en un granero encerrado en un patio de una aldea perdida de no se sabe dónde para pernoctar. Un cuchillo arrebatado en algún lugar, un candado mal clavado, mucho frío, nada que perder más que la vida -todo lo demás ya perdido-, el puro instinto de supervivencia y un extrañamente lúcido sentido de la ocasión empujan a las chicas a una huida desesperada que llevará a Heda de vuelta a Praga, donde, convertida en un espectro, despojada de todos los atributos externos de la condición humana, tocará puertas que se abrirán y, tras un infinito y mudo instante, se cerrarán de golpe ocultando el espanto, la piedad y la vergüenza en los ojos del amigo que no ha de ayudarla. Sostenida por el entramado de una Resistencia escuálida, heterogénea y mal organizada, Heda subsistirá en la clandestinidad hasta el fin de la guerra, cuando la llegada de los libertadores soviéticos y la retirada de los alemanes de Checoslovaquia le permitirán emerger a una Praga esplendorosa en su primavera (la de 1945, cuyo fulgor cegará a ese ejército de zombies que eran sus habitantes impidiéndoles ver las sombras de mal agüero que ya se cernían sobre ellos; la otra, la de 1968, habría de descorrer el velo y desvanecer el hechizo del Gran Hermano, ayudando a los praguenses a recuperar el sentido de la realidad), una primavera de flores y niños encaramados a tanques engalanados conducidos por rubios soldados de amplia sonrisa.



Pero los vítores, la generosidad y los abrazos duraron poco; la incomprensión hacia los llegados de los campos (“Pensábamos que por fin nos habríamos librado de ellos, pero no, es imposible matarlos: ni siquiera Hitler lo logró. Siguen volviendo aquí todos los días, como ratas...”), la desconfianza y la mala conciencia por los deslices inconfesables de la colaboración, la sospecha, el miedo al castigo y el reproche al superviviente por haber resistido, el robo descarado y nunca reconocido de las propiedades de las víctimas, el problema de los desplazados, la necesidad urgente de hacerse un hueco en el nuevo orden... bulleron en la olla a presión de la posguerra que cocinó el golpe de los comunistas en 1948.

Para entonces Heda ya estaba casada con Rudolf Margolius, un intelectual superviviente de los campos y la ocupación con extraordinarias dotes para la acción política, arraigada fe en la regeneración de la sociedad y una enorme capacidad de sacrificio. Desde el primer día de convivencia los recelos de la mujer ante los nuevos aires chocan con el ideal pétreo y altruista de Margolius. La vida, eso que desde hace más de una década hostiga al individuo en todas sus manifestaciones y que parece haber mostrado ya su cara más cruel, adquiere ahora una densidad plúmbea, de manto húmedo; un cerco invisible se va estrechando en torno a los afanados activos de la nueva patria socialista. La sensación de asfixia y de premonición constante agita el sueño de Heda Margolius en la angostura de su apartamento, hostigada por las voces de todos aquellos que, privados durante años de libertad, consideran esta como un privilegio que hay que ganarse y que en modo alguno se presupone al ser humano, y que, por lo tanto, debe ser sacrificado en aras de un ideal superior. No importa ser controlado, espiado, no importa que la familia sufra, no importa ser humillado o despreciado en el trabajo, no importa perder el derecho a una vida privada, al desarrollo de mis aptitudes o a la práctica de mis aficiones, no importa, incluso, traicionar al familiar o al amigo –aunque la integridad de Margolius a este respecto no se cuestiona en ningún momento- si ello contribuye a la firmeza de mi posición en la construcción del hombre nuevo, aquel que jamás ha de permitir que aquella iniquidad vuelva a ser posible. La solidez de mi ideal me protege de todo reproche, la luz del futuro me redime del presente, y esa luz solo puede venir de un lugar.

Esas voces que inquietan a Heda no carecen además de autoridad, al menos durante un tiempo. Su dignidad, como comunistas, no había sido destruida como la de los judíos. Habían sufrido y luchado por sus ideas, por lo que voluntariamente habían elegido, y no por su condición natural de judíos, gitanos, homosexuales. Eso les hace fuertes, de la materia del héroe. Heda trata de aferrarse a ello, de comprender al hombre que escogió como compañero y a quien admira. Se afilia a regañadientes al partido, trabaja con denuedo, asiste a reuniones de la organización local, escucha, observa y descubre algo que en realidad ha sabido siempre: no son las víctimas del fascismo y la guerra, los obreros, campesinos e intelectuales ignorados por el capitalismo quienes engrosan las filas del joven poder, sino precisamente aquellos cuya mezquindad e incompetencia o una dudosa conducta durante la ocupación habían arrimado a las brasas protectoras del partido –en relación a esto, la “orgía de espionaje y delación” capitaneada por las porteras, la “verdadera columna vertebral” del partido, constituye una imagen gráfica y poderosa-. Tiene la certeza de que su marido, al igual que algunos de sus amigos, son los verdaderos infiltrados, los últimos creyentes. El hedor de la putrefacción circundante y el sentimiento de fatalidad crecen a la misma velocidad con que el cinturón se ciñe en derredor -la extraña muerte de Jan Masaryk pocos meses después del golpe de estado se convierte en signo inequívoco del hundimiento de la tradición humanista y demócrata de la joven república checoslovaca-. Hasta que el coche negro se detiene junto a su puerta.

Ni a Margolius ni a los otros implicados en el caso Slansky, ni a los miles de purgados en Checoslovaquia y el resto de países de la órbita soviética, les redimió la luz abrasadora de la revolución. Los que quedaron tuvieron que acarrear sus maltrechas vidas a través de años interminables. Algunos, como Heda Margolius Kovály –casada más tarde con el filósofo Pavel Kovály-, lo hicieron en condiciones que es difícil imaginar. Descendida, como viuda de traidor, a la categoría de intocable, es despedida de los empleos más miserables, se le niega el derecho a la vivienda, se le priva de todas sus pertenencias y de la posibilidad de cubrir las necesidades básicas de su hijo de corta edad, por lo que se ve forzada a separarse de él dejándolo al cuidado de conocidos piadosos durante meses, es obligada a abandonar un hospital en un estado de semiinconsciencia por la fiebre y el dolor sin tener adónde ir, es burlada una y otra vez por la burocracia local y estatal que no da cuenta del paradero del cuerpo de su marido y que, siguiendo la tradición inmortalizada por Kafka de enredar al individuo en una situación absurda y sin sentido, no regulariza su situación civil durante años. A su hijo le ocultó la verdad hasta que este alcanzó la edad que le permitió escapar de aquella espiral de paranoia y empezar una nueva vida lejos del Castillo.


Heda sobrevivió, fue testigo de la revisión y la rehabilitación, rechazó con orgullo de reina los vergonzantes intentos de compensación de un gobierno envilecido y corrupto. Asistió enfebrecida al “sueño cumplido” de la Primavera de Praga de 1968 y a la invasión soviética posterior –esta vez sin niños encaramados a los tanques-. Se reconcilió con su pueblo a través de la juventud llena de fuerza e inteligencia que cantaba en torno a la estatua de Jan Hus en la plaza de la Ciudad Vieja y que osaba defender su independencia y su dignidad. Rehizo su vida y se fue. Regresó con cerca de 80 años y sobrepasó con creces ese siglo que había transcurrido bajo una estrella cruel. Comienza este relato autobiográfico definiendo las tres fuerzas que modelaron el paisaje de su vida. No hace falta precisar cuáles son las dos primeras; la tercera era un pajarillo tímido, escondido entre mis costillas, unos pocos centímetros por encima de mi estómago. A veces, en los momentos más inesperados, el pájaro se despertaba, alzaba la cabeza y sacudía las alas como en éxtasis. Entonces yo también alzaba la cabeza, pues en ese preciso instante sabía a ciencia cierta que el amor y la esperanza son infinitamente más poderosos que el odio y la furia, y que en algún lugar más allá de la línea de mi horizonte estaba la vida, indestructible, siempre triunfante.


domingo, 7 de octubre de 2012

Sobre una tierra ardiente, Der Níster





Bajo este título se recopilan siete relatos sobre judíos de la Polonia ocupada. Cada uno representa un tipo, un carisma, una historia, con el denominador común de que a todos alcanza el mazo del invasor. El lenguaje es sencillo, modesto y valiente, nacido de la indignación ingenua de la víctima que se solidariza con todo un pueblo, del que en ocasiones ha vivido alejado pero que ahora siente suyo e irrenunciable. La religión lo es todo para algunos (Reb Aaron Moneses, la viuda Rive), nada para otros (el doctor Zemelmann, la señora Zayets, Flora, el nieto de Reb Aaron), pero todos ellos se ven arrastrados a reconocer en el judaísmo el sello de su destino, y ello no provoca rechazo sino un abrazo incondicional del mismo como madre y origen de su casta.

Siempre me hace pensar, ese purismo absoluto en la devota observancia de la tradición, esa inextinguible fuerza que irradia de un inacabable espíritu de sacrificio y que acata  un número absurdo e imposible de leyes y preceptos, ese judaísmo ciego de los personajes de Der Níster, Aleijem, Singer, Morgenstern y tantos otros, que reconocemos en las figurillas volátiles de Chagall, ese judaísmo que convive física y espiritualmente –en las mismas ciudades, hogares, familias e incluso cabezas-, con el espíritu crítico más universal y cosmopolita de este, aquel siglo XX mío.
Marc Chagall, Viejo con barba blanca

Jamás he tenido una tradición que respetar, al menos consciente y profundamente –no hablo de la convención que acepto por pura comodidad o inercia. Sin embargo, jamás despreciaré a quien sostiene y es sostenido a la vez, incluso en su camino al cadalso, por una identidad cultural o religiosa. ¿Fanatismo? Nada más alejado y extraño. Hablo de esa humildad, de esa serenidad y esa convicción que el individualismo, el positivismo y muchos otros hijos de la postmodernidad nos han quitado. Hablo de una sencillez que no es estúpida, que asimila el antagonismo –político, social e intelectual- con naturalidad siempre que se respete su identidad, y que lucha o muere sin abandonarla cuando no se respeta. Creemos que porque somos agnósticos, cultivados y no participamos de una moral concreta tenemos la llave del desarrollo y la tolerancia, del multiculturalismo y el entendimiento entre los pueblos.

Al igual que una verdadera tradición tampoco sé lo que es una identidad nacional. Sé cuál o cuáles son mis lenguas, cuáles mis costumbres y las de mis padres, cuáles los paisajes de mi infancia y mi vida entera, pero creo no mentir ni adoptar una pose cuando digo que no me siento de ningún lado y que me reconozco atraída por mundos y personajes lejanos en la geografía, en la lengua y la cultura (¿o no tanto?). Pero no sé por qué la sencillez de los relatos de Der Níster me ha desviado hacia mis propios derroteros, alguna suerte de identificación o de rastro perdido podría buscarse en ello.

A diferencia de la compleja historia que narra su novela principal, La familia Mashber, los episodios que nos ocupan constituyen instantáneas tomadas en 1942, 1943, 1944 o 1945, en cuyo centro se retratan figuras que parecen sacadas de un libro de etnografía o un volumen de cuentos tradicionales. Los trazos de su caracterización son firmes y nítidos. Algunos son verdaderamente trágicos, como Heshl Ánsheles, el joven sabio que heredó de su madre suicida una extraña fragilidad, la cual, quebrada por la humillación infligida por un embrutecido oficial nazi, aboca en locura cuando su refugio de estudio y devoción es profanado y su equilibrio espiritual se rompe; estupefacto –en el sentido etimológico, con la boca literalmente abierta- y mudo, arranca de un mordisco el dedo del oficial. O el “conocido” del narrador, viejo enamorado de capa y sombrero de ala estrecha, cuyo nombre nunca menciona, quien se arroja desde una ventana junto con los restos en llamas de su gran obra sobre el cosmos. Pocos sobreviven –Flora, paradigma de la resistencia, podría haber continuado la biografía de Anna Frank donde ésta la dejó, preservando con ella la sagrada memoria de su padre.
Pinjas Kahanovich

 Todos ellos responden a personajes conocidos por Der Níster, pobladores de esa infortunada franja de la geografía europea emparedada y sepultada en la fosa que cavaron al unísono e inundaron de sangre dos poderes absolutos. El destino hizo que Pinjas Kahanovich, verdadero nombre del autor, quien denuncia con ira bíblica las atrocidades nazis, muriera en un campo de concentración soviético a consecuencia de la tortura y las condiciones de su encarcelamiento. Como en las fosas de Katyn, los verdugos se confunden. Unos comenzaron la faena, otros continuaron, a buen seguro de común acuerdo. En aquella merienda caníbal pereció el pequeño mundo de los shtetls que sembró esta gran literatura yiddish.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La familia Wapshot (Crónica de los Wapshot, Escándalo de los Wapshot), John Cheever





              Lejos de querer abordar un análisis estructural o pretender aportar un enfoque nuevo a la lectura de la novela, mi intención en estas líneas no es sino compartir una recepción personal e intuitiva de la misma. Intuyo la complejidad del mundo de Cheever. Evoca un paraíso perdido desmitificado al mismo tiempo mediante la ironía, y lanza a sus personajes, sus Caín y Abel de la vieja Nueva Inglaterra, al inquietante desierto de la América nuclearizada y automatizada y al lupanar de la riqueza sin raíces. Uno espera que Moses y Coverly Wapshot salven su pellejo gracias a esa impronta grabada en su genética por el pueblo costero de Saint Botolphs, la pesca, el Topaze, la granja junto al río y la fábrica de cubertería de plata. Espera que ese poso de autenticidad que suponemos constituye la Arcadia del autor mantenga a flote sus almas errantes a través de esos destinos imposibles –la Isla 93 en el Pacífico, el Castillo de Clear Heaven, la base de misiles Talifer, etc.-, pero no es así. El mundo de Sarah y Leander Wapshot, sus padres,  y de la excéntrica tía Honora, se desvanece, naufraga como el Topaze, y los hermanos Wapshot no vuelven a sus raíces sino incidentalmente; además, la experiencia de retorno toma la forma de fugaz encuentro con la muerte –el fantasma de Leander o la comida de Navidad tras el fallecimiento de la tía Honora. No hay añoranza consciente, no hay vuelta del hijo pródigo, no hay amores que redimen, no hay concesiones ni complacencia alguna. Lo que pueda haber, aunque original, de costumbrismo y humor en Crónica de los Wapshot se convierte en relato descarnado en Escándalo de los Wapshot. La búsqueda desesperada de relaciones sociales de Betsey Wapshot en Talifer nos da cuenta de la enloquecedora soledad del ama de casa americana, que se aferra a la compañía del vendedor de aspiradoras para mitigar el punzante dolor del vacío cotidiano. La obsesión por la juventud y la belleza de Melissa Wapshot la arrastran a la humillación por el desprecio de un adolescente arrogante y al alcohol. El alcohol siempre. El bourbon corre por litros en ambos libros. Es el último refugio y el pasaporte a la otra orilla de Honora Wapshot, es el veneno de Moses. Sobrevolando el destino de Coverly, la sombra desasosegante del Doctor Cameron, el lado oscuro y peligroso del poder, nos lleva al miedo a lo desconocido y a la ambivalencia de las posibilidades ilimitadas del progreso.

Los viejos Wapshot, último eslabón de esa larga y variopinta cadena de antepasados, no representan la felicidad perdida; Leander y Sarah no son un matrimonio bien avenido desde un punto de vista convencional, no tienen suerte, lo pierden todo –la granja, el barco, su dinero, en ocasiones la dignidad-  todo salvo su destino. Los vemos marchar con cierta nostalgia pero sin desgarro, intuímos una aceptación del destino y de alguna manera sentimos que han saldado cuentas con la vida –la tienda de regalos de Sarah, la fusión con el mar de Leander.

Los jóvenes Wapshot, por el contrario, nos duelen porque están perdidos, pisan a tientas un terreno minado y desconocen su relieve. Coverly, atrapado en la absurda red de la burocracia –el Kafka de los albores de la informática- a la vez que esclavo de un amor-compasión-obligación y sus exigencias domésticas, y Moses, deslumbrado por la nueva América como un niño por un gran algodón de azúcar, precipitándose desde las alturas sin paracaídas.  Desprevenidos e indefensos afrontan, o no afrontan sino que resisten cada nuevo embate, como marionetas colgadas de un hilo demasiado largo, sin que ningún resorte les impulse a volver al centro de gravedad, el viejo Saint Botolphs de sus ilustres ancestros.

Cuando leemos la historia o las historias de un mundo perdido, desaparecido, nos vamos con él al olvido petrificado, lo inmortalizamos y lo guardamos como un tesoro para la posteridad. Me ha pasado siempre con los relatos sobre las múltiples y diversos pueblos que habitaban la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial, a la caída del Imperio Austrohúngaro, sus sistemas de valores, sus costumbres, sus lenguas, su organización, su arte, sus fronteras y sus conflictos. El hilo que une el presente con aquellas historias no se ha roto, ávidamente rastreamos el pequeño continente en busca de sus huellas, las referencias desperdigadas a lo largo de siglos nos iluminan el camino y nos ayudan a mantener de alguna forma vivo nuestro album de mundos extinguidos. Pero América se me pierde. Me supera y me rebasa en las tres dimensiones, por mi desconocimiento, por su vastedad, su heterogeneidad, su velocidad, porque nos arrastra poderosamente al futuro, sea cual sea. Esta crónica del claroscuro americano (de Estados Unidos, perdón) me fascina y me repele como el propio país.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Más sobre el gulag


Journey into the whirlwind (El vértigo en la traducción española, actualmente agotada) de Eugenia Ginzburg constituye un testimonio más de las purgas estalinistas y el gulag. Si el relato de Herling-Grudzinski (Un mundo aparte) puede considerarse descriptivo, e incluso objetivo en buena medida, Ginzburg nos ofrece en primera persona un documento intenso y personal de los 18 años transcurridos en cárceles y campos soviéticos, desde la primera llamada telefónica intimidatoria en diciembre de 1934, a través de los dos años largos de terror psicológico previos a su detención en febrero de 1937 y su posterior periplo por cárceles rusas, hasta recalar en Kolymá. Ginzburg fue liberada y rehabilitada tras la muerte de Stalin. Su caída en desgracia, como la de tantos soviéticos, se enmarca en la oleada de arrestos que trajo consigo el asesinato de Kirov, Secretario del Comité Central del Partido Comunista, hecho que serviría como excusa para las purgas de los años treinta.

            Ginzburg pertenecía a la intelligentsia de Kazán. Profesora universitaria, miembro del Partido Comunista y colaboradora de la prensa oficial, estaba casada con Pavel Aksionov, destacado líder del Partido en la provincia de Tartaria (y por cierto, es madre de Vasili Aksionov, autor de la inefable Saga Moscovita). Una hija mimada del régimen, en realidad, hasta el inicio del remolino. Su testimonio, como en otros casos, es un ejemplo de resistencia y superación, pero además nos habla de algunos aspectos puntuales interesantes.

            Uno de ellos es el papel de la lectura en la prisión incomunicada. No se trata de redescubrir la literatura, o a ciertos autores, sino la lectura misma, hallar un nuevo modo de absorber aquello que se lee de una manera primigenia, en una entrega total del alma, sin reservas. Ginzburg habla de la “serenidad espiritual” a la que se llega a través del sufrimiento –que actuaría como purificador-, y que le enseña una nueva forma de leer que jamás, ni antes ni después del confinamiento, pudo practicar: un leer en profundidad, hacia dentro, muy distinto de la lectura extensiva que abre la mente y amplía el conocimiento practicada en libertad.

            Asombrosa, a mi parecer, la pericia adquirida en la elaboración de un código lingüístico para comunicarse con sus compañeras a través de la pared de la celda; por medio de este sistema Ginzburg y su vecina de celda lograron comunicarse a un nivel nada desdeñable durante dos largos años, y establecer unos lazos de confianza y solidaridad extraños entre quienes no se han visto jamás. El método evidentemente no es nada nuevo; se extendió por todas las prisiones del ancho territorio soviético. En este sentido Ginzburg compara al preso en aislamiento con un Robinson Crusoe que va recorriendo en sentido inverso las etapas del desarrollo humano y redescubriendo estadíos anteriores al progreso técnico; de esta forma, las mujeres de la prisión de Yaroslavl cosían con agujas hechas con las espinas del pescado, tejían su propio cabello o escribían versos –actividad totalmente prohibida- a través de un sistema de taquigrafía casero.

            Piedra de toque de la incapacidad para empatizar con situaciones que nos son ajenas (especialmente a los observadores occidentales que no hemos vivido bajo el aura del líder todopoderoso y benefactor) es la contradicción entre la clara y dolorosa conciencia de la injusticia real –la colosal barbaridad que se lleva por delante a capas enteras de la nación y cuya responsabilidad última nadie se atreve a señalar, ni siquiera en su propia casa, como si la deformidad histórica en gestación no fuese sino un error o accidente que tan solo se pudiese lamentar-,  por un lado, y la pervivencia del culto a la personalidad, la veneración a Stalin, por otro. Es el caso de Olga Orlovskaya, vecina de celda de la autora; ejemplo de sentido común y clarividencia, no acepta ninguna conexión entre los hechos y la figura del padrecito. Aunque sabemos que la amenaza, el chantaje y el puro pánico impulsaban muchas de las manifestaciones de apoyo o adoración al líder (escritores que le dedican poemas, dirigentes que le remiten cartas de súplica desesperada) resulta llamativo constatar lo frecuentes que éstas podían llegar a ser. Ginzburg nos dice que la combinación entre el sentido de la realidad y la ceguera más absoluta era perfecta y no suponía aparentemente ninguna fisura en la personalidad de ciertos individuos.

            Tengo que confesar que el estupor que me produce lo anterior tiene un pálido reflejo en el impacto que recibí al leer el epílogo de la obra, en el que su autora, décadas después de su liberación y rehabilitación, aún en el período soviético, declara triunfalmente, con entusiasmo revolucionario, que aquella pesadilla pasó y que en la actualidad (¿años 80?) el pueblo y el partido han vuelto a las "gloriosas verdades leninistas" que los sustentan. ¿Es mi reacción un prejuicio de observadora tardía que se asoma a la Historia después de la perestroika, desde el balcón del complejo de superioridad occidental que siempre ha mirado a los ciudadanos de los países comunistas como infelices títeres del poder? Al fin y al cabo, Ginzburg, como tantos otros, nunca dejó de ser comunista, y sus ideales fueron temporalmente secuestrados y sustituídos por el engendro de la barbarie; una vez liberados y restituídos a su papel inicial, la fe en los mismos permanece intacta (en el capítulo 39 Ginzburg se pregunta, desde el presente en el que escribe, si ella o ellos –sus compañeros de viaje-, dado el caso, votarían por otro sistema diferente al soviético; tal posibilidad queda rechazada de inmediato por un inquebrantable sentimiento de pertenencia a sus orígenes y a un mundo radicalmente transformado por la Revolución y el partido que la había llevado a cabo).

            Todo esto no lo digo con ironía, muchísimo menos con paternalismo. Tan solo me admiro una vez más de la multiplicidad de visiones del mundo y de la Historia que encontramos en cuanto abrimos la puerta, de lo frágiles que son nuestros prejuicios y de la poca confianza que merecen.

            Como Herling-Grudzinski en su relato, Ginzburg hace referencia a la transformación sufrida por algunos presos, a los que la lucha por la vida en el campo convierte en seres diferentes que no parecen guardar ningún parecido, ni siquiera un recuerdo de su personalidad anterior. Habla de jóvenes de buen natural, bienintencionados y amables que se convierten en tiránicos monstruos que controlan la vida interna del campo. La explicación a este cambio se revela aquí de una forma muy simple, en una sola frase: “no podían permitirse el lujo de tenerlos [recuerdos de su vida anterior al arresto]”. Se refiere a gente “espiritualmente muerta”. Desde su punto de vista, esto era frecuente en los campos pero no en las prisiones, y mucho menos en las de aislamiento, donde el ser humano “goza” de un espacio –la soledad- para el ennoblecimiento y la catarsis (en Un mundo aparte, es el hospital el lugar que ofrece este privilegio, aunque acompañado de la humanidad de sus pobladores, menos corriente en las prisiones).

            El fin del periplo de Ginzburg es Kolymá. La secreta necesidad de esperanza que alberga todo corazón humano cristaliza, en su absurda desnudez, en el envenenado anhelo de llegar a esa tierra de promisión donde, según las historias de los presos comunes que la habían conocido antes de las grandes purgas, inagotables reservas de oro, comida, trabajo, salud y oportunidades esperaban al deportado. Kolymá aparece ante los ojos del recién llegado como un paisaje prehistórico capaz de tragarse a esos advenedizos humanos que llegan sin cesar, y sepultarlos, hasta la próxima era, en su silencio mineral. Cuando su convoy es trasladado al campo de Elgen, Ginzburg y sus compañeras no pueden concebir que algo aún más lejano pueda existir, y el terror a estar rozando los límites del mundo las sobrecoge.

            El relato termina sin precisar una fecha o una circunstancia concreta de los largos años transcurridos en el Norte, y la victoria sobre el sufrimiento que presuponemos a la supervivencia de su autora queda simbolizada en el “milagro de los arándanos”, frágiles y amargos frutos escondidos en las cepas de los árboles cuyo néctar la autora liba con fruición en sus clandestinas escapadas de la tala en los bosques helados. Así, los cuerpos deshauciados de los condenados recuperan ese hilillo que mantendrá a los más afortunados milagrosamente unidos a la vida hasta el ulterior deshielo.
Carretera de los Huesos, Kolymá

jueves, 12 de julio de 2012

Un mundo aparte, Gustaw Herling-Grudzinski



Gustaw Herling-Grudzinski, polaco nacido en Kielce en 1919, relata en Un mundo aparte sus experiencias en prisiones y campos soviéticos entre 1940 y 1942. Los temas de la literatura del gulag: el hambre y el frío inhumanos, el escorbuto, los interrogatorios, la arbitraria duplicación de las condenas, la extenuación del trabajo en los bosques, la “manía” de las confesiones, la delación, la necrosis de los sentimientos... Desde Solzhenitsin nos lo han contado; no demasiados, es cierto –aunque físicamente supervivientes ha de haberlos en buen número, no es fácil que sean muchos los que salieran de allí con una pizca siquiera de su humanidad anterior.

Herling-Grudzinski recorre, con cierto desapasionamiento, diversos temas, personajes y anécdotas que dan al relato de su paso por los campos un carácter de experiencia propia, única, por un lado, y de esbozo de lo que es un campo soviético, por otro. Si uno quiere acercarse al universo gulag y quemarse, guardar para siempre las cicatrices grabadas en su sensibilidad y respirar la mejor literatura posible, ha de leer los Relatos de Kolymá de Varlam Shalamov (Mondadori 1998). Nada tan bello y tan terrible sobre el infierno blanco. Sin embargo, el presente libro es fundamental porque, de forma sencilla y responsable, esclarece algunos puntos esenciales para conocer los entresijos del sistema concentracionario soviético y la psicología de presos y carceleros.

Uno de dichos puntos es el de la desintegración de la personalidad del acusado como objetivo primordial del sistema de trabajos forzados, interrogatorios y la vida en el campo en general. Se trata de explotarlo económicamente en primer lugar mediante el trabajo para después eliminarlo, pero no de forma expeditiva y radical sino lentamente, a través de mil y una formas de sadismo y tortura. No es el caso enumerarlas, conocidas son -aunque uno siempre descubre nuevas especialidades de maestro. Sí lo es, sin embargo, describir el sentido y el método de esa desintegración, a la que el autor denomina la “Gran Transformación” del individuo. Se trata de ir “preparándolo” por medio de los métodos aludidos –aplicados con el máximo de crueldad por sujetos amaestrados para ello-, hasta que su personalidad empieza a dar muestras de una incipiente descomposición, y lo que hasta entonces era falso y absurdo para él comienza a aparecer, en su alucinación, como probable. La voluntad se rompe y el individuo queda listo para el golpe definitivo, que H-G describe como una operación de corazón en la que el cirujano cambia el órgano de un lado al otro, a la vez que transplanta y recoloca otros órganos y tejidos, hasta conseguir que un nuevo paciente renazca del anterior, del modo en que en los ritos iniciáticos de las civilizaciones antiguas los neófitos recibían un baño de sangre animal como bautismo purificador. El golpe final ha de ser rápido y certero para impedir el mínimo titubeo que despertaría la conciencia, o lo que queda de ella, del paciente.

El hombre “nuevo” irá quemando en pocos días las últimas oportunidades de atrapar algún hilo de su antigua vida. A esto le ayudarán con encomiable diligencia sus cancerberos y sus compañeros ya metamorfoseados. Es ya un autómata. El último nervio vivo, el más resistente al nuevo cuerpo, nos explica H-G, es el de la piedad por el otro. Se manifiesta, por ejemplo, en el impulso de compartir el pan, en la llamada de auxilio tras el accidente de un compañero o en la angustia ante su dolor físico. Pero este sentimiento también desaparece en semanas. La degradación a un estado de infrahumanidad lo aniquila y en su lugar hace nacer la repulsión por el otro, por su hambre, su hedor, sus heridas, su desesperación. Esto me lleva a recordar las reflexiones de Jean Améry sobre la tortura (Más allá de la culpa y la expiación, Pre-Textos, 2001). Ésta, nos dice Améry, reduce al hombre a su absoluta corporalidad (“Postrado por la violencia, sin esperanza de ayuda y sin posibilidad de defensa, el torturado que aúlla de dolor es solo cuerpo y nada más”.). Si la tortura tiene un carácter instrumental para conseguir determinados fines (confesiones falsas, delaciones) o si es la esencia del regimen concentracionario (lo cual Améry afirma tajantemente del nazismo) es harina de otro costal.

“La vida en el campo es llevadera solo cuando en la mente y en los recuerdos del preso se borran por completo las medidas comparativas respecto a la vida en libertad”, afirma H-G. Esto explica que Eugenia Ginzburg (Eugenia Semyonovna Ginzburg, Journey into the whirlwind, Harvest 1975) sintiese una especie de mazazo y una opresión espantosa en las sienes cuando, en su celda de la prisión de Krasin en Kazan, recibió la noticia de que su marido había sido arrestado. Hasta entonces, en el curso de los meses que llevaba en la cárcel, había casi conseguido desterrar de su mente a sus tres hijos, arrinconados en un lugar seguro de su subconsciente en el que el padre velaba por su seguridad y suplía la carencia de la madre. Al saber que éste ya no estaba con ellos, su antigua vida irrumpió nítida y brutalmente en su embotada memoria, y la clara conciencia de la desprotección y la indefensión de sus criaturas traspasó, destrozando todos los tejidos, el espejismo de amortiguación frente al dolor con que Ginzburg había revestido su persona. La situación presente se tornó insoportable, precisamente porque la realidad exterior había penetrado de repente en la no-realidad de la prisión. Las medidas comparativas de que habla H-G reaparecen. El preso aún no ha sido transformado.

Este mecanismo de autodefensa, explica H-G, hacía que los presos evitaran contar los días, semanas, meses o años de condena que les quedaban por cumplir, ya que, por una especie de pacto tácito, cuanta menos esperanza se manifestaba en recuperar la libertad, más probabilidades había de que esto sucediera. El no contar, no pensar, no saber, constituía una especie de escudo contra la mala suerte, sin el cual el preso recibía la noticia de la nueva condena como un golpe mortal. Parece que en circunstancias absolutamente extremas el ser humano conserva ciertas pautas de comportamiento propias de la vida cotidiana, en libertad. Cuántas veces borramos de un plumazo de nuestra imaginación el primer atisbo de pensamiento sobre algo que nos resulta atractivo, placentero o ilusionante, tratando de evitar, inconscientemente temerosos de romper el hechizo, que el mero pensar en algo malogre su hipotética realización. Nos pasa cuando pensamos en personas que nos resultan atractivas pero para las que aún no somos nadie o en futuros e improbables éxitos académicos o profesionales con los que no nos atrevemos a soñar.

Otro dato que me llama la atención, por la crueldad del cálculo que subyace a él, es la forma de organización de las brigadas de trabajo que debían cumplir con una cuota. En las brigadas de trabajadores que no cumplían toda la cuota (porque muchos de ellos eran viejos, débiles o enfermos) mandaban delante a los jóvenes para que ganaran tiempo con su velocidad, arrastrando a los menos ágiles. De esta forma los rezagados eran expulsados y envíados al Mortuorio (no es necesario explicar la función de este barracón), y las brigadas eran rejuvenecidas por “selección natural”. La solidaridad entre los reclusos desaparecía del todo y era sustituída por una carrera ciega en pos de los porcentajes.

La piedad, la solidaridad... ¿y qué hay del amor a la pareja, por ejemplo, si la había? A este respecto H-G nos habla de la Casa de Visitas (barracón en el que los presos pasaban el período de tiempo que duraba la visita de sus familiares) como único refugio de los sentimientos, el único lugar del campo en el que las relaciones entre hombres y mujeres se basaban en el respeto o en algo parecido a él, al menos en aquello en que se habían basado en libertad. La suciedad, la humillación y el cinismo que campaban por sus respetos en el recinto retrocedían ante las puertas de este extraño templo y de la presencia de las “personas pertenecientes a la franja intermedia”, es decir, los familiares, los que supuestamente gozaban de libertad pero compartían lecho con los “enemigos del pueblo”. Lo que sucedía en la Casa de Visitas adquiría pues el carácter de sagrado (los hijos allí concebidos pasaban a ser “hijos de todos”) y la mera perspectiva de tener, en un futuro más o menos determinado, una cita en dicho lugar, equivalía a tener un objetivo en la vida, algo que esperar, y por lo tanto desempeñaba el papel, en muchos casos, de salvavidas. Bien es cierto que después de la visita llegaba la desilusión, el vacío que deja el anhelo insatisfecho y la insoportable certeza de que albergar un nuevo anhelo es poco menos que impensable. No fueron pocos los suicidios ocurridos después de estas visitas.

Otro lugar sagrado en el campo era el hospital (H-G habla del “culto al hospital” en Rusia), que quedaba al margen del “sistema esclavista soviético” y conservaba un clima de humanidad, garantizando al preso, además de un trato humano y cuidados médicos, esa soledad que le permitía buscar al menos algo de paz en su interior y recuperar una pizca de su individualidad. Ser trasladado al hospital es la meca del recluso, y ser devuelto al exterior, es decir, al trabajo, algo mucho más temible que la muerte.

Otros muchos comportamientos típicos de la vida en libertad se reproducían en la vida del campo, como la extrema dureza con que los ex-convictos trataban a los reclusos (fanatismo del converso), mucho mayor que la que empleaban los carceleros libres, el soborno (sobre todo a la hora de calcular la cuota), el pánico a desaparecer sin que nadie se entere (algo tan frecuente en la inmensidad del gulag), el apego al propio destino, más fuerte cuanto más bajo en el nivel de vida cae el individuo, y la resistencia a cualquier cambio, que, en los más desgraciados, se percibe siempre como “a peor” –algunos explican así que los indigentes no quieran dejar de serlo y por lo tanto que no merece la pena intentar hacer algo por ellos-. También el sufrimiento de experimentar la dicha ante los desdichados (momento de la liberación de H-G) y, por terminar citando una reacción por inexplicable tremendamente humana, la contradicción entre la teoría, el razonamiento (“... el hombre es humano en condiciones humanas y considero que uno de los despropósitos más espantosos de nuestros tiempos es intentar juzgarlo a partir de actos que ha cometido en condiciones inhumanas”) y la praxis, en este caso la negativa de H-G a conceder a quien se la pide con desesperación una palabra, una sola palabra de consuelo para seguir viviendo con un poco de paz (el judío polaco, o más bien polaco judío, con quien había compartido celda en Vitebsk en 1940, quien había traído la noticia de la caída de París, ofrece en 1945 a H-G el relato de su supervivencia en la brigada de construcción de un campo soviético; el relato termina en un agujero negro: un oficial del NKVD le sitúa en la disyuntiva de declarar contra cuatro compañeros de brigada alemanes –lo que supondría la muerte inmediata de los mismos- o abandonar el trabajo de la brigada y volver al bosque, es decir, la propia muerte. El judío eligió, y en 1945, en una Roma liberada, poco antes de embarcar a América, solicita, ruega a H-G esa palabra salvadora: “entiendo”. H-G guardó silencio). ¿No juzgó entonces? ¿No eran inhumanas las condiciones del judío? ¿Es realmente posible no juzgar? Quizá seamos demasiado pequeños para aspirar a tamaña heroicidad. Quizá nos baste con tratar de comprender, de conocer y de no olvidar nunca.