domingo, 7 de mayo de 2023

Memorias de un historiador del Holocausto, Raoul Hilberg

 Memorias de un historiador del Holocausto, Raoul Hilberg



Raul Hilberg (Viena, 2 de junio de 1926 - Williston, Vermont, 4 de agosto de 2007), autor de La destrucción de los judíos europeos, obra cumbre de investigación sobre los mecanismos burocráticos del exterminio nazi, escribió Politics of Memory: The Journey of a Holocaust Historian en 2002, 5 años antes de su muerte.

En su autobiografía, Hilberg, en un ejercicio de honestidad sin concesiones, expone con rigor, ironía y tristeza las vicisitudes del proceso de redacción de la obra que ocupó su vida entera, y de la recepción de esta a lo largo de décadas en EEUU y Europa.

El punto de partida es un breve e interesante relato de la génesis, o pregénesis, si esto puede decirse, de la idea que le marcó para siempre (explicar y describir los mecanismos burocráticos que hicieron posible a Alemania trascender la práctica ancestral de perseguir y matar judíos para llegar a un plan de exterminio absoluto y mecanizado de todos los judíos europeos). Así, Hilberg narra su impresión infantil del Anschluss en su Viena natal, la suerte que corrieron en los años 30 algunos de sus parientes cercanos, y la huida con sus padres a través de La Rochelle a Cuba y después a EEUU, adonde llega con 13 años.

Así pues, dicha idea, que germina en él en estos años de infancia, se convierte en el único motor de su vida profesional y, a la vista del precio que tuvo que pagar en lo personal, de su vida entera. Su vuelta a Europa como soldado en la Segunda Guerra Mundial, su participación en juicios contra nazis y su labor en el War Documentation Project y el United States Holocaust Memorial Council, le facilitaron el acceso a los archivos del Tercer Reich incautados por el ejército estadounidense, lo que encaminó su trabajo definitivamente. En 1955 publicó su tesis sobre el Holocausto. Más adelante y hasta su muerte, compaginará la investigación con la docencia universitaria en el campo de las Relaciones Internacionales.

La primera edición de La destrucción de los judíos europeos salió en 1961. La segunda, revisada y aumentada, en 1985. La recepción de sus investigaciones en los años 50 no fue la que esperaba. El mundo no estaba preparado; tanto Europa como América querían pasar página. Se quería olvidar sin haber sabido. Ni siquiera la comunidad judía estadounidense se mostraba interesada en ir más allá, hecho con el que chocaron las expectativas de Hilberg más que con ninguna otra cosa. En el recién nacido estado de Israel, el sionismo, empeñado en la creación de un hombre nuevo, fuerte y orgulloso, renegó del superviviente, símbolo de la debilidad y el fracaso.

A partir del juicio a Eichmann en 1961 y la publicación de los artículos de Hannah Arendt publicados en el New Yorker y recogidos después bajo el título Eichmann en Jerusalén, el interés y la polémica se avivaron. La filósofa alemana despertó las iras de la comunidad judía con sus tesis sobre la banalidad del mal y la responsabilidad de los consejos judíos en la aniquilación de su propio pueblo. Hilberg, que no estaba de acuerdo en la primera (“no hay banalidad en este mal”) sí afirma que los consejos “ayudaron” a que la maquinaria nazi llevara a cabo su plan sin obstáculos. Sin embargo, la contextualización de esta tesis se aleja de la exposición de Arendt, ya que profundiza en la praxis habitual de la comunidad judía, que desde siempre ha llevado a cabo políticas de “amoldamiento” en los diferentes países de asentamiento. Es decir, los consejos no surgieron como una herramienta alemana, aunque pasaran a serlo, sino que representaban a toda una comunidad en la que esta forma de reaccionar ante el peligro estaba profundamente arraigada.

A pesar de las diferencias, y de que jamás se trataron, las tesis de ambos se asimilaron, atribuyeron a uno las palabras y opiniones de la otra y viceversa. Las críticas les llovieron desde los mismos ángulos; les metieron en el mismo saco. Hannah Arendt siempre citó La destrucción de los judíos europeos como una fuente fundamental de sus ensayos. En su correspondencia personal con Karl Jaspers, sin embargo, no fue en absoluto benevolente con Hilberg, al que reprochaba no haberse puesto de su parte, además de tildarlo de “loco” y “necio”. En cualquier caso, desde la amarga percepción del historiador, Arendt era la estrella, la pensadora carismática, mientras que él era el humilde peón que recopilaba los datos. La ausencia de notas al pie en los artículos de Arendt, expuesta de forma directa y sin comentario alguno por Hilberg, basta como acusación.

Otro hecho que destaca en las memorias de Raul Hilberg es el éxito de la segunda edición de su obra en Europa. En Francia, por ejemplo, este éxito vino de la mano de la proyección de la película Shoah, de Claude Lanzmann. Hilberg es el único historiador que aparece en la película de 9 horas y media que constituye un testimonio desnudo del Holocausto, sin tramas adicionales, imágenes de archivo, música o cualquier otro elemento emotivo, basado únicamente en las palabras de una serie de personajes (víctimas, verdugos, testigos) que, enfocados en primer plano por la cámara de Lanzmann, responden a sus preguntas. De alguna manera, historiador y cineasta compartían el punto de vista en torno a lo que consideraban que debía ser el modo de transmisión del hecho del Holocausto. Ambos parecen concentrarse (mediante la exhaustividad analítica o la penetración sicológica a través de la mirada y la escucha) en el dato, el rostro, la palabra. Añadir, ficcionar, cuando no se conocen los hechos, es falsear, y los hechos, en este caso, son incontables, por lo que solo cabe seguir mirando, escuchando, recopilando. Puede entenderse como un supremo gesto de respeto.

La publicación, en colaboración con Stanislaw Staron y Joseph Kermisz, del Diario de Adam Czerniaków, constituyó un logro inigualable para Hilberg. El Yad Vashem (Centro Mundial de Conmemoración de la Shoah) de Israel custodiaba celosamente este documento escrito originariamente en polaco que ofrecía las claves para la comprensión del papel de los presidentes de los consejos judíos en los guetos europeos. El autor del diario, Adam Czerniaków, presidente del Judenrat del gueto de Varsovia -el más grande del continente-, se suicidó en 1942 tras ordenar el primer transporte de judíos a Treblinka para su “reubicación”. En sus páginas se revela la lucidez de quien ve venir la catástrofe y la agonía insoportable de quien carga sobre sus espaldas con la responsabilidad del más monstruoso de los crímenes: entregar a su gente a los verdugos.

Dos aspectos relacionados con Czerniaków llaman la atención de Hilberg. Por un lado, este venerable líder de la mayor comunidad judía de Europa, eficiente en sus funciones como tal y observador imparcial a la hora de describir lo que veía y vivía, tuvo que vérselas, en sus numerosos tratos y negociaciones con los alemanes, con una larga serie de insignificantes subordinados del aparato nazi y apenas nunca con figuras de relevancia. ¿Podían los dirigentes nazis manejar sin esfuerzo ni excesiva supervisión los hilos necesarios para el buen funcionamiento de los guetos porque había una excelente organización de base que lo garantizaba, a la cabeza de la cual se encontraban figuras como Adam Czerniaków?

El segundo aspecto es, simplemente, el humor. Parece que esta característica del líder del gueto no pasaba desapercibida y, desde luego, impresionó a Hilberg. Posiblemente sus bromas, tan judías por otra parte, le ayudaron a sobrevivir hasta que la cuestión de la inmediata aniquilación se hizo insoslayable. En cualquier caso, Hilberg reconoce implícitamente su identificación con Czerniaków cuando reproduce las palabras que Lanzmann le dirige tras su comentario acerca del diario y el personaje. “Eras Czerniaków”.

Raul Hilberg dedicó su vida en cuerpo y alma a la investigación de las condiciones que hicieron posible el Holocausto. ¿Algo que añadir? ¿Explicación, interpretación? Es fácil hacerlo, tan fácil como escribir guiones enmarcados en la catástrofe. ¿Es lícito? ¿Podemos ir más allá? Hilberg no pudo, desde niño, soportar la idea de que aquello que vio venir desde la ventana de su piso de Viena quedara acallado. No pudo admitir que se pasara página, que el mundo siguiera girando sin explotar. Y reaccionó entregándose a la construcción de este monumental legado.

 


miércoles, 31 de mayo de 2017

Los zelmenianos, Moyshe Kulbak



Moyshe Kulbak, poeta, novelista y dramaturgo en lengua yiddish, fue ejecutado por Stalin en 1937. Poco antes había publicado su obra maestra, Zelmenyaner, aquí editada como Los zelmenianos

Se trata de un fresco tierno, divertido y lleno de melancolía de un mundo perdido -ya perdido para 1931, años antes del Holocausto-, un microcosmos representado en un patio de la ciudad bielorrusa de Minsk. El patio de Reb Zélmele (quien lo fundó allá por el año 1860) se repetía, intuimos, en cualquier ciudad o pueblo de la Rusia judía alcanzada por el ciclón de la Revolución y el vuelco que esta supuso en las vidas y la visión del mundo de estos cientos de miles de pobres y atareados judíos supersticiosos, dedicados a mil y un oficios artesanos y anclados a costumbres y tradiciones tan ancestrales como absurdas, al igual que sus viejos cacharros.

De todo hay en el patio de los zelmenianos: los que adoptan la nueva fe soviética a pies juntillas, y junto con la barba arrojan lejos de sí cuanto constituyó el mundo de sus padres, y aquellos que, aturdidos e incrédulos, demonizan la electricidad y el trabajo en cadena de las fábricas; los “bribones” konsomolianos, como Bere e incluso el tío Folie, y los zelmenianos puros, digamos. Encontramos en el patio relojeros, carpinteros, sastres, jóvenes intelectuales y liberadas, idealistas estudiantes de filosofía, matronas orgullosas de su linaje rabínico, matrimonios mixtos, ingeniosos inventores que hacen retumbar las cochambrosas paredes con las ondas de Berlín, Varsovia y Moscú, nevadas infinitas, rencillas sempiternas, intentos de suicidio que culminan en suicidio, recipientes para kosherizar alimentos, abuelas que se olvidan de morir, devotos ancianos judíos que se emborrachan a escondidas, mermelada para curar los males y patatas para existir.


La ingenuidad del relato nos hace sonreír, las reflexiones profundas y filosóficas se vierten en frases cortas y sencillas, siempre desde el punto de vista de los personajes. Kulbak, que está fuera y lo adivinamos dentro, narra como un zelmeniano más, y la honda ironía y el cariño de un huérfano por sus seres queridos desaparecidos nos elevan a un mundo de cuento, poblado por seres que levitan, como en los cuadros de Chagall.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Hermanos de sangre, Ernst Haffner




Sin restar un ápice de importancia a Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin, la novela Hermanos de sangre, de Ernst Haffner constituye un documento de la historia europea de entreguerras que sorprende enormemente tanto por el tema en sí como por su tratamiento.

Como otras ciudades alemanas –y europeas-, pero de forma muy significativa, Berlín es una ciudad literalmente infestada, en los años de la República de Weimar, de huérfanos sin hogar, sin familia, sin papeles, sin oficio y sin pan que llevarse a la boca. Las cuadrillas de golfillos abarrotan los tugurios de los bajos fondos de la ciudad, se escapan de los inhóspitos y carcelarios correccionales de menores prusianos, engrosan las colas en los locales de beneficencia, a la espera de una sopa caliente para calentar sus estómagos vacíos, se prostituyen en las calles y hoteles de las zonas ricas, y no tan ricas, roban carteras a diestro y siniestro, incluso a los cientos de desempleadas que, con su bolsa de red, regatean en los mercados. No tienen escrúpulos, ni piedad cuando llega el caso, viven, no al día, sino al momento, siempre alerta para salir corriendo y dispersarse cuando la cosa se pone fea. Cuentan con sus puntos de encuentro, normalmente antros infames en los que cualquier vicio es rutina y la delincuencia presenta su más variada gama; pero también comedores sociales, sótanos olvidados de viejos teatros o gélidas cabañas en esa zona gris del Berlín depauperado y asolado por la inflación y el desempleo. Los “hermanos de sangre” se protegen unos a otros, porque la red que tejen entre sí es el único marco de referencia que poseen. En un mundo que no puede ser más hostil, estas bandas de desheredados viven por instinto, reaccionan como animales en la cacería despiadada que es la sociedad europea de entreguerras. Y, pese a todo, Willi, Ludwig, Konrad, Fred... son absolutamente humanos, personajes individuales, distintos cada uno de ellos, buenos y malos, cobardes y héroes, duros hasta lo indecible y frágiles como niños –que son-.

Lo fascinante de esta novela es el estilo de Haffner, su prosa rápida, directa, tan vívida que parece que su autor se encuentra entre los chicos de la calle, siguiendo sus movimientos y dando cuenta de ellos de forma escueta, sin juzgar, sin compadecer –o quizá sí, ya que es ternura lo que se desprende de ese respeto pudoroso por lo observado- , sin dar explicaciones, y sobre todo, sin pontificar ni moralizar, de un modo que al lector le resulta conmovedor.

 El libro de Haffner fue quemado por los nazis; su rastro se perdió, junto con el de su autor, hasta un reciente redescubrimiento. Nunca más se supo de este periodista y activista social que vivió en Berlín en los años anteriores al ascenso de Hitler al poder. Sus editores trataron de encontrarlo sin éxito. El libro, publicado en 1932 con el título Juventud en la carretera a Berlín, constituye una página de inmenso valor en la historia no oficial de la República de Weimar. La lucha por sobrevivir y por ganarse la vida honradamente difícilmente pudo ser más infructuosa que en el contexto descrito. Uno se pregunta, y las respuestas son infinitas, qué papel desempeñarían estos miles de Jonnys y Walters en el escenario que se preparaba.

martes, 1 de diciembre de 2015

Judas, Amos Oz



En esta novela Amos Oz trata de cuestionar la figura del traidor, darle la vuelta al cromo plano sobre el que se han proyectado los escupitajos de odio de la comunidad bien pensante desde que el mundo, al menos el de nuestra civilización, es mundo -o casi-.

La historia, o leyenda, de Judas Iscariote se entrecruza aquí con la de Shaltiel Abravanel, personaje de ficción que representa la oposición a Ben Gurion, a la creación del estado de Israel y a la existencia de los estados en general. El sefardí, íntimo colaborador en sus inicios del líder sionista y Primer Ministro israelí, lucha sin descanso por la convivencia de los pueblos sin estados y sin fronteras. Su postura de conciliación y amistad con árabes, antes y después de la creación de Eretz Israel, lo catapulta al olvido y al silencio por parte de la comunidad sionista de Jerusalén y del país entero. Se refugia en su vieja casa de fríos muros de piedra con ese consuegro inválido y verboso que ha perdido la esperanza de vivir tras la salvaje muerte de su fuerte y joven hijo. Esta muerte parece materializar, de repente y para siempre, las negras profecías de Abravanel acerca de las consecuencias de los acontecimientos de 1948. Los dos ancianos enmudecen; solo Shmuel Ash, visitante circunstancial de la casa del silencio, tratará de sacar a Gershom Wald de su mutismo, y a su hija Atalia de su misteriosa y trágica insensibilidad.

Pero es Judas quien da título al libro. Judas el de Cariot, el más rico y más culto de entre los discípulos de Jesús, el que, desde el punto de vista de Oz, más fervientemente (o quizá el único que lo hizo) creyó en el carácter mesiánico de Jesús de Nazaret, y por ello lo arrastró a la muerte en Jerusalén, cuando la fe del nazareno en su propia misión ya flaqueaba por el miedo, el miedo simple, primario y humano. Judas esperó próximo a la cruz a que se produjera el milagro, y ante las palabras últimas y desesperadas del maestro, el grito de reproche al Padre por haberlo abandonado, comprendió el alcance de lo que había hecho. Judas se colgó de una higuera, dice la leyenda, y se convirtió, por los siglos de los siglos, en el traidor de la humanidad entera, y, por una inmediata asociación metonímica, en la representación universal y execrable del judío. ¿Hay alguien en el mundo entero que se llame Judas?


Oz, quien siendo niño en tiempos del Mandato sufrió el rechazo de sus compañeros por haberse hecho amigo de un oficial británico con quien intercambiaba palabras hebreas por palabras en inglés (Una pantera en el sótano, 1995), conoce el sabor del estigma de la traición, y concluye que quizá consideremos traidor a todo aquel que, guiado por su fe o su curiosidad, camina hacia adelante incluso cuando los demás ya no lo hacen; aquel que se atreve a adentrarse en lo desconocido por razones que nadie se molesta en comprender, porque la comunidad necesita señalar y estigmatizar al que no es como ellos.

Shaltiel Abravanel murió en el ostracismo, mudo desde años atrás; Judas se colgó de una higuera y pasó a encarnar los males del mundo; Amos Oz, como tantos otros profetas en su tierra, luchó hasta el día de su muerte por que la "traición" -en el sentido etimológico de "traditio", la entrega o transmisión, el paso de un ¿bando? (ahí la contaminación semántica del término, el paso de la "tradición" a la "traición"), o mejor de un pueblo a otro- sea la única salida a un conflicto que muchos quieren hacer irresoluble.

Traición, transgresión, traspaso, cambio, mezcla, fusión... una larga cadena asociativa de términos que nos lleven a la paz.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Manuel Chaves Nogales. La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia Roja.


            El viaje soñado, el momento añorado, la geografía de esa Europa que huye hacia Asia y se torna épica. Manuel Chaves Nogales es un periodista brillante, de pluma ágil, alma sensible, curiosidad ilimitada y limpio de prejuicios, al menos lo suficiente para que su crónica se nos revele un soplo de aire fresco que nos trae noticias, interesantísimas, de Europa en 1928, ese ring en el que se miden las fuerzas contrarias de Oriente y Occidente, el comunismo y el capitalismo, lo nuevo y lo viejo, el orden y el caos, la industria y el campo, la frivolidad y el hambre. Los reportajes que recopila esta edición fueron escritos tras su viaje por Europa en un pequeño avión por encargo del Heraldo de Madrid.

            Chaves Nogales atribuye a las ciudades y los territorios en los que se detiene (incluso a aquellos que solo vislumbra a vista de pájaro) un carácter propio y definido, en ocasiones casi antropomórfico. Les hace hablar, presentarse, no siguiendo un esquema fijo o previsible sino de forma abrupta, directa, llamando la atención del visitante, y a través de éste, del lector, sobre unos rasgos de carácter que no necesariamente responden al tópico con el que cargan estos lugares de forma inmemorial. A veces, lo confieso, la manera partidista y visceral en la que CN toma partido o desprecia una ciudad o un país desde el momento mismo en que lo menciona, me gana para su causa. Aparece la empatía. No puedo evitar el pensar que esa misma habría sido mi impresión del lugar en cuestión (puede ser que yo haya estado realmente en él o no, es irrelevante).Y entonces ya no puedo dejar de saborear el retrato entero. 


            La sociabilidad vacía de los suizos, su pulcritud, el sosiego resultante de sus “egoísmos municipales” y su neutralidad en las guerras mundiales –en definitiva, lo que define como “incapacidad espiritual” de este pueblo-, desagrada al viajero al igual que los lagos inmóviles y domésticos de su geografía.
 
            Berlín es inabarcable, inclasificable. De entrada le asalta a uno su dinamismo, la mecanización de la vida –desconocida para el español de entonces-, la modernidad de la ciudad en construcción; sin embargo, cuando se la va viviendo sorprende la diversidad de su conglomerado social, la inmoralidad de sus locales (esto de la inmoralidad visto desde un punto de vista específicamente latino, ya que las más diversas manifestaciones sexuales en Berlín, y en Alemania en general, no son incompatibles con una “castidad” innata e ingenua inimaginable en un celtíbero; “la interpretación de la moral es una cuestión de latitud”, nos dice Chaves), el prurito sensual que tras la guerra ha lanzado inconscientemente a los berlineses de la República de Weimar en pos de los placeres antaño burgueses democratizándolos, y ese antiimperialismo o antikaiserismo desenfadado, a veces histriónico, que anima las noches de los cafés y que, aunque parece contagiar a amplias capas de la sociedad berlinesa, es blandido en realidad por elementos no alemanes –judíos, eslavos, negros y demás piezas multicolores del gran puzzle austrohúngaro-.

            Checoslovaquia, la joven república de profesores, honrada y tolerante, patria de aventureros que no de emigrantes, digna en su nacionalismo necesario, modesta y culta. Su capital, Praga, ciudad vieja de tejados, callejuelas y relojes; ciudad vieja pero viva, joven y dinámica (para descartar la tentación de ver en ello una paradoja, alude Chaves a las ciudades españolas e italianas petrificadas en la Historia). La simpatía del escritor por esta discreta nación y sus gentes resulta contagiosa.
 
            La rendición ante Venecia, al final de su viaje, es incondicional. Vieja y manoseada, gastada, decrépita, enfermiza y herida de muerte, la ciudad arrebata de entrada, y cualquiera, por escéptico que se haya podido mostrar, sucumbe irremediablemente al encanto indestructible de lo que Chaves califica de “espectáculo inefable”, y que reside, más que en los canales y los palacios, en lo que denomina “el envés, la contrafigura”, los ámbitos olvidados y tristes cuajados de rumores antiguos que se multiplican tras ellos, el patio trasero e íntimo del esplendor veneciano.

            Y la gran aldea rusa. La inmensidad del campo ruso sembrado de millones de chozas miserables y salpicado aquí y allá por las cúpulas brillantes de las iglesias. La entrada de Chaves en Rusia desde el Báltico –donde el pintoresquismo de la Europa medieval pervive en sus ricos tejados y calles empedradas, que tanto sugieren el paso de un príncipe encantado como el de un amable lechero- es una especie de inmersión en la intemporalidad. La tierra, las isbas, sus habitantes y sus pequeñas iglesias parecen estar ahí desde siempre, como siempre. La idea de que la Revolución haya transformado la vida de ese inabarcable territorio es algo inconcebible; Lenin y Trotsky no pueden ser más ajenos al paisaje, gobernado por la miseria y la religión.

            El violento vuelco de la Historia, el arrasamiento ciclónico que ha supuesto la Revolución le espera al escritor en Moscú. La ciudad, representante del tradicionalismo milenario de este pueblo –recelosa de la modernidad occidentalizada de Petrogrado- muestra, más allá de sus murallas y sus monasterios, sus entrañas abiertas: el desmoronamiento, el desconchado, el hacinamiento, el hormigón que brota por doquier como una metástasis sin arte. Palacios y casas de sindicatos se confunden. En cuanto a la masa humana, se trata de un revoltijo abigarrado, multicolor, mal vestido, transplantado en diversos sentidos –social, económico, geográfico, profesional-. El antiguo burgués, convertido en proletario, pasea sus antiguas prendas de corte occidental raídas y combinadas con otras de origen exótico; muchos, avalados por la Nueva Política Económica, se atreven a lucir de nuevo los atavíos “contrarrevolucionarios” proscritos en los años del comunismo de guerra. Sin embargo nada hay más alejado de estas gentes que la frivolidad; se trata de una mezcla necesaria, esencial, la superfluidad ha sido barrida por el comunismo. La variopinta muchedumbre se mueve dirigida por una minoría uniformada que impulsa el cambio y pretende extender los nuevos ideales: industria, instrucción, deporte, higiene.
 

            El análisis que hace Chaves Nogales del comunismo soviético en los últimos años veinte resulta atractivamente fresco y veraz porque no se pierde en teorizaciones ni especulaciones, sino que se detiene en signos visibles al espectador perspicaz con una mente culturalmente bien abonada. Figuras como la del triste pope desposeído de su prestigio y entregado al vodka; el pequeño comerciante privado de consideración y derechos, vigilado y perseguido, que no obstante jamás renuncia a su instinto de lucro; el golfillo abandonado convertido en alimaña sin escrúpulos, huérfano de la contienda mundial, la revolución, la guerra civil o la hambruna; y las mujeres, las mujeres soviéticas, el verdadero fermento revolucionario. El escritor queda fascinado por la radical transformación del papel de la mujer en Rusia. Esta, desposeída de los seculares atributos de su sexo –la feminidad, las virtudes domésticas, el instinto maternal-, alcanzados los derechos civiles y la igualdad en el trabajo, se lanza con fervor al desempeño de su tarea revolucionaria y, orgullosa, desdeña, desde su penuria económica y su inmenso esfuerzo físico, a sus congéneres burguesas y sus decadentes afanes capitalistas. Pero Chaves no se engaña; este altivo orgullo es fruto de una fuerza ideológica, de una pasión política, extraña a millones de pobres infelices que o bien no han olvidado o incluso han desarrollado en plena era comunista la natural querencia por el bienestar material, antiguas creencias religiosas o modos de comportamiento propios de una sociedad patriarcal. Como la ciudad de Moscú, las mujeres son reflejo de la tensión de fuerzas con que la revolución ha sometido a Rusia.

            Rusia constituye el objetivo del viaje de Chaves y el capítulo central de su crónica. Muchos son los temas y tipos que desfilan por él: la omnipresencia de la GPU, la militarización de la sociedad, los sanatorios del Caúcaso, la sustitución de la aristocracia burguesa por la aristocracia de los técnicos, el exacerbado nacionalismo ruso, los obreros de los pozos petrolíferos de Bakú, la sovietización de las salvajes tribus caucásicas, la temible integridad de Trotsky, Kalinin y su popularidad, el inicio de la “limpieza” estalinista, la historia del catalán Ramón Casanellas... Todos fascinantes, porque están tratados, captados por un pensamiento libre y diferenciado. Un magnífico escritor periodista de oficio pasó por allí, se detuvo, observó, escuchó, tomó notas, las tejió con el valioso hilo de su castellano preciso y rico y ofreció a quien quiso apreciarlo –pocos, muy pocos durante décadas- un extraordinario reportaje dotado de lucidez y libertad de juicio. La mejor literatura hecha noticia, el talento al servicio de la información, y unos y otros, doctrinarios todos, despedazándolos y relegándolos al olvido. Menos mal que el sentido común prevalece, aunque soterrado, y aflora de vez en cuando.








domingo, 12 de mayo de 2013


Bajo una estrella cruel, Heda Margolius Kovály

Otra mujer. Otra de esas mujeres de coraje inverosímil que florecieron en el campo minado de la Europa del medio siglo XX. Heda Bloch, judía de Checoslovaquia, nacida en una familia acomodada de Praga, murió en 2010 en su ciudad natal, esa ciudad cuya belleza no te deja marchar, el magnético laberinto de Kafka.

En 1941 Heda fue deportada junto a su familia al gueto de Lodz, ciudad hasta entonces conocida por su floreciente industria textil –la Manchester del este; recuerden La tierra de la gran promesa, la gran novela sobre la codicia de Wladislaw Reymont - y después por albergar el último gueto de Polonia. Desde allí fue enviada a diversos campos de concentración nazis y en uno de los traslados, tras una penosa e interminable jornada de marcha caminando por el fango helado, Heda y otras muchachas procedentes del mismo campo y con destino incierto son “depositadas” en un granero encerrado en un patio de una aldea perdida de no se sabe dónde para pernoctar. Un cuchillo arrebatado en algún lugar, un candado mal clavado, mucho frío, nada que perder más que la vida -todo lo demás ya perdido-, el puro instinto de supervivencia y un extrañamente lúcido sentido de la ocasión empujan a las chicas a una huida desesperada que llevará a Heda de vuelta a Praga, donde, convertida en un espectro, despojada de todos los atributos externos de la condición humana, tocará puertas que se abrirán y, tras un infinito y mudo instante, se cerrarán de golpe ocultando el espanto, la piedad y la vergüenza en los ojos del amigo que no ha de ayudarla. Sostenida por el entramado de una Resistencia escuálida, heterogénea y mal organizada, Heda subsistirá en la clandestinidad hasta el fin de la guerra, cuando la llegada de los libertadores soviéticos y la retirada de los alemanes de Checoslovaquia le permitirán emerger a una Praga esplendorosa en su primavera (la de 1945, cuyo fulgor cegará a ese ejército de zombies que eran sus habitantes impidiéndoles ver las sombras de mal agüero que ya se cernían sobre ellos; la otra, la de 1968, habría de descorrer el velo y desvanecer el hechizo del Gran Hermano, ayudando a los praguenses a recuperar el sentido de la realidad), una primavera de flores y niños encaramados a tanques engalanados conducidos por rubios soldados de amplia sonrisa.



Pero los vítores, la generosidad y los abrazos duraron poco; la incomprensión hacia los llegados de los campos (“Pensábamos que por fin nos habríamos librado de ellos, pero no, es imposible matarlos: ni siquiera Hitler lo logró. Siguen volviendo aquí todos los días, como ratas...”), la desconfianza y la mala conciencia por los deslices inconfesables de la colaboración, la sospecha, el miedo al castigo y el reproche al superviviente por haber resistido, el robo descarado y nunca reconocido de las propiedades de las víctimas, el problema de los desplazados, la necesidad urgente de hacerse un hueco en el nuevo orden... bulleron en la olla a presión de la posguerra que cocinó el golpe de los comunistas en 1948.

Para entonces Heda ya estaba casada con Rudolf Margolius, un intelectual superviviente de los campos y la ocupación con extraordinarias dotes para la acción política, arraigada fe en la regeneración de la sociedad y una enorme capacidad de sacrificio. Desde el primer día de convivencia los recelos de la mujer ante los nuevos aires chocan con el ideal pétreo y altruista de Margolius. La vida, eso que desde hace más de una década hostiga al individuo en todas sus manifestaciones y que parece haber mostrado ya su cara más cruel, adquiere ahora una densidad plúmbea, de manto húmedo; un cerco invisible se va estrechando en torno a los afanados activos de la nueva patria socialista. La sensación de asfixia y de premonición constante agita el sueño de Heda Margolius en la angostura de su apartamento, hostigada por las voces de todos aquellos que, privados durante años de libertad, consideran esta como un privilegio que hay que ganarse y que en modo alguno se presupone al ser humano, y que, por lo tanto, debe ser sacrificado en aras de un ideal superior. No importa ser controlado, espiado, no importa que la familia sufra, no importa ser humillado o despreciado en el trabajo, no importa perder el derecho a una vida privada, al desarrollo de mis aptitudes o a la práctica de mis aficiones, no importa, incluso, traicionar al familiar o al amigo –aunque la integridad de Margolius a este respecto no se cuestiona en ningún momento- si ello contribuye a la firmeza de mi posición en la construcción del hombre nuevo, aquel que jamás ha de permitir que aquella iniquidad vuelva a ser posible. La solidez de mi ideal me protege de todo reproche, la luz del futuro me redime del presente, y esa luz solo puede venir de un lugar.

Esas voces que inquietan a Heda no carecen además de autoridad, al menos durante un tiempo. Su dignidad, como comunistas, no había sido destruida como la de los judíos. Habían sufrido y luchado por sus ideas, por lo que voluntariamente habían elegido, y no por su condición natural de judíos, gitanos, homosexuales. Eso les hace fuertes, de la materia del héroe. Heda trata de aferrarse a ello, de comprender al hombre que escogió como compañero y a quien admira. Se afilia a regañadientes al partido, trabaja con denuedo, asiste a reuniones de la organización local, escucha, observa y descubre algo que en realidad ha sabido siempre: no son las víctimas del fascismo y la guerra, los obreros, campesinos e intelectuales ignorados por el capitalismo quienes engrosan las filas del joven poder, sino precisamente aquellos cuya mezquindad e incompetencia o una dudosa conducta durante la ocupación habían arrimado a las brasas protectoras del partido –en relación a esto, la “orgía de espionaje y delación” capitaneada por las porteras, la “verdadera columna vertebral” del partido, constituye una imagen gráfica y poderosa-. Tiene la certeza de que su marido, al igual que algunos de sus amigos, son los verdaderos infiltrados, los últimos creyentes. El hedor de la putrefacción circundante y el sentimiento de fatalidad crecen a la misma velocidad con que el cinturón se ciñe en derredor -la extraña muerte de Jan Masaryk pocos meses después del golpe de estado se convierte en signo inequívoco del hundimiento de la tradición humanista y demócrata de la joven república checoslovaca-. Hasta que el coche negro se detiene junto a su puerta.

Ni a Margolius ni a los otros implicados en el caso Slansky, ni a los miles de purgados en Checoslovaquia y el resto de países de la órbita soviética, les redimió la luz abrasadora de la revolución. Los que quedaron tuvieron que acarrear sus maltrechas vidas a través de años interminables. Algunos, como Heda Margolius Kovály –casada más tarde con el filósofo Pavel Kovály-, lo hicieron en condiciones que es difícil imaginar. Descendida, como viuda de traidor, a la categoría de intocable, es despedida de los empleos más miserables, se le niega el derecho a la vivienda, se le priva de todas sus pertenencias y de la posibilidad de cubrir las necesidades básicas de su hijo de corta edad, por lo que se ve forzada a separarse de él dejándolo al cuidado de conocidos piadosos durante meses, es obligada a abandonar un hospital en un estado de semiinconsciencia por la fiebre y el dolor sin tener adónde ir, es burlada una y otra vez por la burocracia local y estatal que no da cuenta del paradero del cuerpo de su marido y que, siguiendo la tradición inmortalizada por Kafka de enredar al individuo en una situación absurda y sin sentido, no regulariza su situación civil durante años. A su hijo le ocultó la verdad hasta que este alcanzó la edad que le permitió escapar de aquella espiral de paranoia y empezar una nueva vida lejos del Castillo.


Heda sobrevivió, fue testigo de la revisión y la rehabilitación, rechazó con orgullo de reina los vergonzantes intentos de compensación de un gobierno envilecido y corrupto. Asistió enfebrecida al “sueño cumplido” de la Primavera de Praga de 1968 y a la invasión soviética posterior –esta vez sin niños encaramados a los tanques-. Se reconcilió con su pueblo a través de la juventud llena de fuerza e inteligencia que cantaba en torno a la estatua de Jan Hus en la plaza de la Ciudad Vieja y que osaba defender su independencia y su dignidad. Rehizo su vida y se fue. Regresó con cerca de 80 años y sobrepasó con creces ese siglo que había transcurrido bajo una estrella cruel. Comienza este relato autobiográfico definiendo las tres fuerzas que modelaron el paisaje de su vida. No hace falta precisar cuáles son las dos primeras; la tercera era un pajarillo tímido, escondido entre mis costillas, unos pocos centímetros por encima de mi estómago. A veces, en los momentos más inesperados, el pájaro se despertaba, alzaba la cabeza y sacudía las alas como en éxtasis. Entonces yo también alzaba la cabeza, pues en ese preciso instante sabía a ciencia cierta que el amor y la esperanza son infinitamente más poderosos que el odio y la furia, y que en algún lugar más allá de la línea de mi horizonte estaba la vida, indestructible, siempre triunfante.


domingo, 7 de octubre de 2012

Sobre una tierra ardiente, Der Níster





Bajo este título se recopilan siete relatos sobre judíos de la Polonia ocupada. Cada uno representa un tipo, un carisma, una historia, con el denominador común de que a todos alcanza el mazo del invasor. El lenguaje es sencillo, modesto y valiente, nacido de la indignación ingenua de la víctima que se solidariza con todo un pueblo, del que en ocasiones ha vivido alejado pero que ahora siente suyo e irrenunciable. La religión lo es todo para algunos (Reb Aaron Moneses, la viuda Rive), nada para otros (el doctor Zemelmann, la señora Zayets, Flora, el nieto de Reb Aaron), pero todos ellos se ven arrastrados a reconocer en el judaísmo el sello de su destino, y ello no provoca rechazo sino un abrazo incondicional del mismo como madre y origen de su casta.

Siempre me hace pensar, ese purismo absoluto en la devota observancia de la tradición, esa inextinguible fuerza que irradia de un inacabable espíritu de sacrificio y que acata  un número absurdo e imposible de leyes y preceptos, ese judaísmo ciego de los personajes de Der Níster, Aleijem, Singer, Morgenstern y tantos otros, que reconocemos en las figurillas volátiles de Chagall, ese judaísmo que convive física y espiritualmente –en las mismas ciudades, hogares, familias e incluso cabezas-, con el espíritu crítico más universal y cosmopolita de este, aquel siglo XX mío.
Marc Chagall, Viejo con barba blanca

Jamás he tenido una tradición que respetar, al menos consciente y profundamente –no hablo de la convención que acepto por pura comodidad o inercia. Sin embargo, jamás despreciaré a quien sostiene y es sostenido a la vez, incluso en su camino al cadalso, por una identidad cultural o religiosa. ¿Fanatismo? Nada más alejado y extraño. Hablo de esa humildad, de esa serenidad y esa convicción que el individualismo, el positivismo y muchos otros hijos de la postmodernidad nos han quitado. Hablo de una sencillez que no es estúpida, que asimila el antagonismo –político, social e intelectual- con naturalidad siempre que se respete su identidad, y que lucha o muere sin abandonarla cuando no se respeta. Creemos que porque somos agnósticos, cultivados y no participamos de una moral concreta tenemos la llave del desarrollo y la tolerancia, del multiculturalismo y el entendimiento entre los pueblos.

Al igual que una verdadera tradición tampoco sé lo que es una identidad nacional. Sé cuál o cuáles son mis lenguas, cuáles mis costumbres y las de mis padres, cuáles los paisajes de mi infancia y mi vida entera, pero creo no mentir ni adoptar una pose cuando digo que no me siento de ningún lado y que me reconozco atraída por mundos y personajes lejanos en la geografía, en la lengua y la cultura (¿o no tanto?). Pero no sé por qué la sencillez de los relatos de Der Níster me ha desviado hacia mis propios derroteros, alguna suerte de identificación o de rastro perdido podría buscarse en ello.

A diferencia de la compleja historia que narra su novela principal, La familia Mashber, los episodios que nos ocupan constituyen instantáneas tomadas en 1942, 1943, 1944 o 1945, en cuyo centro se retratan figuras que parecen sacadas de un libro de etnografía o un volumen de cuentos tradicionales. Los trazos de su caracterización son firmes y nítidos. Algunos son verdaderamente trágicos, como Heshl Ánsheles, el joven sabio que heredó de su madre suicida una extraña fragilidad, la cual, quebrada por la humillación infligida por un embrutecido oficial nazi, aboca en locura cuando su refugio de estudio y devoción es profanado y su equilibrio espiritual se rompe; estupefacto –en el sentido etimológico, con la boca literalmente abierta- y mudo, arranca de un mordisco el dedo del oficial. O el “conocido” del narrador, viejo enamorado de capa y sombrero de ala estrecha, cuyo nombre nunca menciona, quien se arroja desde una ventana junto con los restos en llamas de su gran obra sobre el cosmos. Pocos sobreviven –Flora, paradigma de la resistencia, podría haber continuado la biografía de Anna Frank donde ésta la dejó, preservando con ella la sagrada memoria de su padre.
Pinjas Kahanovich

 Todos ellos responden a personajes conocidos por Der Níster, pobladores de esa infortunada franja de la geografía europea emparedada y sepultada en la fosa que cavaron al unísono e inundaron de sangre dos poderes absolutos. El destino hizo que Pinjas Kahanovich, verdadero nombre del autor, quien denuncia con ira bíblica las atrocidades nazis, muriera en un campo de concentración soviético a consecuencia de la tortura y las condiciones de su encarcelamiento. Como en las fosas de Katyn, los verdugos se confunden. Unos comenzaron la faena, otros continuaron, a buen seguro de común acuerdo. En aquella merienda caníbal pereció el pequeño mundo de los shtetls que sembró esta gran literatura yiddish.